AWFULNESS
(Horror)
(Horror)
Las cosas que más tememos
ya nos han ocurrido en la vida.
ya nos han ocurrido en la vida.
El fin del verano dejaba ver
sus estragos a cada paso que daba. Las hojas caídas sonaban a mí pasar, era
inevitable pisar una a una creando un sonido que me ponía más y más nerviosa. El
tacón de mi bota crujía al chocar con el concreto, raspándolo. Me detuve, cerré
mis ojos y solté el aire que tenía preso en mis pulmones desde que me baje del
auto. De golpe abrí mis ojos empuñando mis manos.
Había venido aquí al menos unas
tres veces en el último mes. Siempre me quedaba ahí, afuera. Contemplaba la
granja, veía las hojas que caían, sentía el ruido de los niños corriendo, pero no podía tener el suficiente valor para
dar cinco pasos hacia adentro.
Me iba.
Con mano temblorosa tome la
enclenque reja de metal y tire de ella. Un fugaz recuerdo pasó por mi memoria;
en el fondo del cuarto de Marie, una asustada niña abría la puerta del pesado
armario buscando algún signo de que su abuela ya no la estuviera persiguiendo.
Sacudí mi cabeza alejando
esos recuerdos. Seguí con mi camino segura de que al menos podría terminar con
algunas de las dudas que me carcomían.
El lugar no era para nada
acogedor, de hecho parecía la típica granja de las películas de terror. A
diferencia del día en el que vine con Alice ahora todo parecía demasiado
silencioso posiblemente se debía a que era la hora de la comida y todos los
niños debían de estar almorzando. Bien
por mí. Odiaba ver a los pequeños, mocoso y sudorosos niños corriendo por
los pasillos.
De nuevo me cuestione del por
qué estaba aquí. ¿Para conocerla? Ya lo había hecho. ¿Para asegurarme de que no
era sólo un mal sueño? Para mi condena, era más real que todas mis pesadillas.
¿Entonces? ¿Por qué insistía
en revolver mi pasado con un fierro caliente, quemándome cada vez que lo hacía?
Y lo peor no era quemarse, no. Lo peor eran las marcas que quedan. Eran un
recordatorio.
Llegue hasta la oficina de la
directora del orfanato. Me encontraba frente a la puerta decidiendo entre tocar
o no. Esa era la decisión final, después de eso ya no había vuelta atrás. Di
tres golpes hasta que escuche un “adelante”
en una voz femenina pero fuerte.
- Supongo que tú eres la hija
de Renée ¿no es así? – dijo la mujer que estaba detrás de un paupérrimo
escritorio repleto de hojas. Llevaba un traje gris junto con un moño haciéndola
parecer mayor de lo que era.
- Sí – dije quedándome
estática en mi lugar. - ¿Renée le hablo de mí?
- Me dejo saber que vendrías.
La verdad es que esa no es la política de este orfanato como comprenderás – sus
ojos eran fríos y por la mirada que me dio supe que me estaba juzgando. – Pero
tu madre insistió demasiado con este asunto. Quiero que sepas que sólo lo hago
como un favor hacia ella y te pido toda la discreción que amerita.
Asentí en su dirección.
- Sígueme. – Dijo saliendo de
su oficina.
Nuevamente mis tacos
repicaban con el suelo de madera. Podía sentir que el ruido molestaba a la
Directora que caminaba enfrente de mí, pero no dijo nada al respecto. Me llevo
hasta un gran comedor, una larga mesa de madera estaba en el centro junto con
un sólo banco largo. Todos los niños estaban demasiado juntos unos con otros y
qué decir de la comida, si es que se podía llamar así. Era algún tipo de masa
verde y mal oliente.
Y la reconocí. La vi como una
estrella en el cielo oscuro. Se veía más pequeña de lo que era entre medio de
dos niños grandes. Estaba quieta mirando el plato de comida enfrente de ella.
No se movía, no hablaba. Sólo estaba sentada allí con la mirada perdida.
- ¿Quiere hablar con ella? –
me pregunto la Directora sacándome de esa burbuja en la que estaba.
- Claro – dije, aunque creo
que fue algo más como un susurro.
- Bien. Pero tenga en claro
que no puede decirle nada en absoluto a la pequeña sobre a lo que su relación
respecta. ¿Entendido?
La mire enojada. Odiaba que
me hablaran en ese tono. – Entendido. – Dije con los dientes apretados.
Dio un paso atrás y camino en
la misma dirección en la que vinimos. Supuse que tenía que seguirla así que eso
fue lo que hice. Se detuvo en una de las salas que tenía la granja. – Espere un
momento.
Entro a la sala y tuve que
esperar, nerviosa comencé a jugar con el taco de mi bota haciéndolo sonar.
Sorprendiéndome la directora
aprecio enfrente de mí. – Por favor – dijo enojada mirando hacia mis botas. Yo
detuve el movimiento de mi pie. – Adelante.
Y ahí estaba de nuevo. Leila,
arrodillada jugando con una vieja muñeca, tan vieja como la ropa holgada que
traía.
Se veía tan pequeña y frágil.
No sé cómo, pero me dieron unas ganas enormes de abrazarla, de sostenerla junto
a mí. De llevarla lejos. Me acerque más para verla de cerca. Se dio cuenta de
mi presencia en la habitación mirándome a través de sus profundos ojos verdes.
Renée tenía razón. Se parecía
a mí, pero tenía los gestos de Carlisle. La manera en la que te observaba, en
como movía sus labios pensando. Como movía la nariz en duda pero también por
nervios. Era una extraña pero bella combinación. Era hermosa, mi hija era hermosa.
Sus ojos no se perdían
ninguno de mis movimientos. Me incline quedando a su misma altura.
- Hola – dije mordiendo mi
labio, nerviosa.
Su pequeña mano viajo hasta
mi cara, pasando sus dedos por mis labios. – Hermana Eunice dice que es malo
morderse los labios, que no se debe hacer. – sus voz era tan suave.
- ¿Tú lo haces? – pregunte
sin querer.
- Lo hacía. Pero a Hermana
Eunice no le gusta.
Continuo peinando a la muñeca
mientras me hablaba. - ¿Vienes a conocerme? – pregunto despreocupada.
- ¿Perdón? – le dije sin
entender.
- La señorita Smith no lo
dijo pero sé que estas aquí porque quieres adoptar ¿no? No es la primera vez
que viene alguien como tú a verme. Hermana Eunice dice que no debemos
ilusionarnos, que cuando tenga que pasar, pasará.
Su respuesta me sorprendió
más que su pregunta, sin embargo, más me sorprendió el hecho de que una niña de
su edad pudiera llegar a esa conclusión. Volvió a fijar su mirada en mí pero
esta vez coloco su mano sobre la mía.
- No estés nerviosa – dijo
sonriéndome. – Clarissa dice que aquí vienen mamás que no pueden ser mamás pero
que Dios las envía aquí. ¿Tú no puedes se mamá?
Eso me perturbo más de lo que
debía. – No – admití.
Puso su carita de lado y poso
su mano en mi mejilla. Se sentía raro, diferente. – Lo siento. Mira, ella es Sarah
– dijo levantando a la muñeca. – Ella tampoco puede ser mamá pero tiene a Ricky
y él es como su hijo no hijo – se
levanto y busco a un oso de peluche sucio. – Este es Ricky.
Se paro en puntitas hasta
llegar a mi oído y me susurro: - No le digas a Ricky que Sarah es su mamá no
mamá.
Me miro con sus ojos serios y yo asentí con una sonrisa
que no sabía de dónde diablos había salido. Ella de igual manera sonrió
volviendo a la posición en la que estaba. – Muy bien. Ricky dice que siente que
lo veas así como esta.
Puso su manito de lado en su
boca susurrando sucio. – Hermana
Eunice dice que no se debe gastar el agua que Dios nos da en osos de juguetes.
¡Pero ella no entiende que Ricky no es un oso de juguete! – le dio un beso al
oso y lo acostó en el suelo. – Lo siento Ricky, Hermana Eunice no lo sabe.
- ¿Quién es la Hermana
Eunice? – pregunte cambiando mi peso de un pie a otro.
- Nop. – Me levante y me
senté en uno de los sillones degastados
que había en el sala. Leila se sentó a mi lado junto a su muñeca que me di
cuenta le faltaba un ojo de botón.
- Tus botas son lindas –
comento nerviosa arrugando el vestido gris que llevaba.
- Gracias – la mire buscando
algo que decirle. Mis ojos se toparon con el medallón. – Tu medallón también es
lindo.
Su mirada viajo hasta el
medallón que colgaba de su cuello y lo tomo entre sus manos. – Gracias – dijo
tímida de pronto.
No contuve las ganas de
preguntar y le dije: -
¿Sabes quién te lo regalo?
Juego con el medallón entre
sus manos. – Es un regalo. Hermana Eunice dice que debemos aceptar los regalos
sin preguntar. Yo sé que… - sus ojos se quedaron viendo al suelo. – Yo sé que
me lo dio alguien especial. Alguien que me quería. Hermana Eunice no quiere
decirme quién fue.
Y de pronto la realidad me
golpeo de frente. Estaba en una sala con una niña que no sabía nada de mí ni yo
de ella. El pánico se apodero de mí, ahogándome.
- ¿Te sientes mal? – pregunto
la niña.
Me levante rápidamente y
comencé a salir.
- Espera. – Dijo Leila
caminado hasta donde me hallaba. Su mirada me quito el aliento. Era la misma
mirada que había visto cuando la deje. Sus ojos verdes brillaban y desarmándome
por completo me rodeo con sus cálidos brazos. Una solitaria lágrima bajo por mi
mejilla. Un peso se poso sobre mis brazos no pudiéndolos mover, estaba
estática. Nos quedo así por un momento, ella pasando sus pequeños dedos por mi
espalda baja y yo recta sin saber qué hacer.
– Hueles a flores, hueles como una mamá – se
separo de mí dándome una tierna sonrisa. – Que Dios te bendiga.
Dijo y desapareció por los
pasillos.
.
.
.
.
.
.
.
Estaba acostada a los pies de
mi cama con mi cabeza casi afuera. Unos dedos serpenteaban por mi plano
abdomen. Sus dedos hacían círculos dándome cosquillas, una risita tonta salió
de mis labios.
Luego sentí sus labios vagar por donde sus dedos habían estado
siendo remplazados por pausados y calientes besos bajando por mis muslos. La
risita se convirtió en gemidos a medida que su boca se acercaba al borde de mi monte
de venus.
- Dios, esta semana fue un
verdadero infierno – dijo Edward mirando directo a mis ojos. Se acerco como un
felino hacia mí, atrapando mis labios con los suyos, devorándome. – Te extrañe
tanto. Con todos eso estúpidos detrás de mí en la oficina no tuve tiempo ni de
llamarte. Lo siento, nena.
Como siempre, quise decirle. Pero no lo hice.
- Yo también – susurre entre
sus labios.
Edward volvió a donde estaba
y emitió una suave risa.
- Un pajarito me conto que
conociste a Geraldine.
- Agg. No me lo recuerdes.
- Ella no dejará que pongas
tus garras en su “bebé”. Es algo así
como protectora mí querida tía.
Me levante quedando frente a
frente de él, luego elimine toda distancia entre nosotros mordiendo su labio
inferior. Un resplandor se encendía en sus ojos verdes, le sonreí y tire de él
quedando yo arriba jugando con su cuello.
- Tengo mis tácticas.
- Mmmh… - gimió entre mis
labios. – Me gustaría saber cuáles son.
- Ya sabes. Un poco de esto – baje quedando
donde su camino feliz comenzaba pasando mi lengua por ahí. – En especial con
cierta
persona.
Y de pronto su rostro cambio.
Su ceño se frunció volviendo a tirar de mí para crear una cárcel con sus
brazos. – ¿No estarás olvidando el punto de todo esto cierto?
Sus manos subieron hasta
llegar a mi cuello donde poco a poco fueron apretando. Mis manos se agarraron
férreamente de las sabanas blancas que cubrían mi cuerpo, nerviosa intente
mirarlo para que supiera que no lo había hecho. ¿No lo había hecho, verdad?
Cuando el aire se hacía cada
vez más falta intente quitar sus manos de mi cuello, cosa que fue imposible. –
Suéltame.
Y así como de rápido
apresaban sus manos mi garganta fueron remplazados por besos calientes.
- Has estado muy rara Bella
Swan. Demasiado para mi gusto. – Tomó mi cara entre sus manos, apretándola. –
Siento que me escondes algo. Qué será, qué será, dulce niña.
En ningún momento quite mi mirada de la suya. Si había
algo de lo que en verdad sabía hacer bien, era mentir.
- No te escondo nada, Cullen.
Son imaginaciones tuyas. El mentiroso, mentiras crea y cree que todos lo hacen
– lo apunte con mi dedo y lo enterré en su pecho. – No creas que se me ha olvidado lo de Alice.
Rió levantándose de la cama. Diablos, estaba total y absolutamente desnudo. Su redondo trasero
se movía al caminar, perdiendo mi mirada en él. Mis ojos siguieron subiendo por
su pelvis, viendo su camino feliz demasiado marcado para mi perdición, por su
duro y fornido abdomen, y llegando hasta sus labios carnosos que estaban en una
sonrisa dejando ver sus perfectos dientes.
- Algo de privacidad tenemos
que tener mi esposa y yo ¿no crees?
Lo fulmine con mi mirada.
Enojada le tire la almohada que estaba a mi lado.
- Imbécil.
Dio otra carcajada mientras
se vestía, eso hice crecer más mi enojo. – Un completo imbécil.
Le tiré su pantalón y su
chaqueta sabiendo que esto lo enojaba. No le gustaba que “arruinara su ropa
costosa”
Me dio una sólo mirada
arqueando una ceja. No estaba jugando y le deja saber que tampoco yo lo hacía. Nos
quedamos mirándonos por lo que a mí me pareció una eternidad y luego, en un
instante estaba sentada en mi cama y al otro, Edward me levanto entre sus
brazos.
Demasiado enfurecida di golpes en su pecho queriéndolo matar.
“Intimidad con mi esposa” bastardo. Vil y sucio bastardo.
- Detente. – Dijo cuando ya
empezaba a molestarle que lo golpeara. Pero no lo hice, como desenfrenada di
golpe tras golpe.
Con un certero movimiento
atrapó mi mano que lo golpeaba y la sostuvo en el aire poniéndola contra la
pared como lo hacía con el resto de mi cuerpo. – He dicho detente, Isabella.
- Suéltame. No quiero que me
toques.
Comencé a moverme para salir de sus brazos pero como siempre fue
inútil. Él era mucho más grande que yo y además el tenerlo así de cerca anulaba
todo pensamiento racional.
Un vanidosa sonrisa se quedo
en su rostro mientras que con sus ojos me recorría por completo. Su boca bajo
por mi clavícula llegando hasta mi pecho. Soltó un aliento cálido haciendo que
mi piel se erizara y mis pezones erectarse. Con su lengua los siguió endureciendo
llevándome a la locura. En momento quería arrancar su cabeza y al siguiente
quería tener su lengua por todo mi cuerpo. Así era el efecto Edward.
Estaba tan ensimismada en mi
nube de placer que no sentí los golpes en la puerta y mucho menos los pasos que
se acercaban en nuestra dirección.
- ¿Bella? - sentí que dijeron y esas cinco letras
bastaron para acabar con mi respiración.
.
.
.
No hay comentarios:
Publicar un comentario