CURIOSITY
(Curiosidad)
(Curiosidad)
“Cuida tus pensamientos porque se volverán actos.
Cuida tus actos porque se hará costumbre.
Cuida tus costumbres porque formara tu carácter.
Cuida tu carácter porque formará tu destino.
Y tu destino será tu vida”.
Cuida tus actos porque se hará costumbre.
Cuida tus costumbres porque formara tu carácter.
Cuida tu carácter porque formará tu destino.
Y tu destino será tu vida”.
El olor a
tomate cocido inundaba la angosta cocina de Renée. Pase mi dedo por la pequeña
mesa de madera que casi ocupaba todo el lugar, se sentía como lo recordaba:
áspera pero a la vez suave y cálida. Extraño.
En ella se
hallaban varios frascos con mermeladas de distintos sabores. Renée luego de
separarse del perro de su nuevo marido comenzó con una aflicción hacia los
cursos de cualquier tipo, de hecho, gastaba casi todo su sueldo y tiempo libre
de empleada en este tipo de cosas.
Me
encontraba en un rincón de la cocina observándola mientras ella revolvía en la
antigua olla que emitía un dulce olor. Sin duda todavía quedaba rastro de la
bella mujer que algún día fue, sin embargo, el tiempo había hecho mella en
ella. El tiempo, el dolor y el sacrificio. Sus ojos celestes estaban casi
ocultos por su rostro con arrugas. Se veían cansados pero a la misma vez en paz
y calma. En todo ese tiempo que estuve viviendo con Carlisle la recordaba como
una mujer soberbia, odiosa. Ciertamente la llegue a odiar en ese tiempo.
Recordaba como todos los días despotricaba en su contra, y maldecía cada segundo por llevar la misma
sangre que ella.
Todo eso se
encontraba tan en el fondo de mi pasado. Después de que volví o más bien, ella
me trajo de vuelta, encontré a una nueva Renée. Se hallaba acabada, sus ojos
estaba con una ojeras profundas, su rostro se endureció marcando aun más sus
líneas de expresión, su lacio y largo cabello rubio había sido cortado sin
importancia alguna dejando a su paso una horrible melena mal cortada. Ya no era
la mujer joven que yo recordaba, el peso de los años se había venido en su
contra con todo el ímpetu de este.
Renée logró
recomponerme después de que Carlisle acabo conmigo, juntas logramos superar a
aquellos hombres que nos había desmoronado con su pasar. Pero no fue fácil. Nos
llevo años volver a tener esa confianza y cariño que nunca tuvimos la una a la
otra. Renée me confesó en una de nuestras largas conversación que tuvimos a mi
regreso, él cómo llevo mi partida.
Luego de que
me escapara un día después de mi cumpleaños, comenzó tomarle el peso de mi
huida. Charlie también me lo dijo, y en cierto modo yo igual lo había notado.
Renée maduro en esos años de mi ausencia. Tomo conciencia de que si no se cuida
al ser amado, éste buscara la manera de serlo.
Tres años
después de que me fuera, Phil la dejó por una chica diez años más joven que
ella. Pero a Renée le dolía más no saber nada de mí. Nunca, en los cuatro años
que estuvimos separadas la llame una sola vez. Nunca mande una postal ni la
visite. Confesó que por su mente llego a pensar que había muerto.
Cuando
estaba en esa inmunda habitación de motel presionada por el dueño para que me
fuera, vestida únicamente con mi blusa sin mangas y mi falda corta, muerta de
frio y hambre. Imaginaba que vendría por mí aquella Renée que había dejado ese
catorce de septiembre pero sorpresa fue la mía cuando solo me encontré con la
sombra de lo que fue mi madre.
Ya no tenía
esa gracia de una joven y alocada. No. Ella ya no era eso.
- Deberías
acompañarme – dijo de espalda a mí – se pasa muy bien ahí. Y mira, nunca es
tarde para aprender.
Miré la olla
repleta de tomates molidos. - ¿Estás segura que se puede hacer de… esto?
Renée rió. –
Claro que si cariño.
Paso
cariñosamente su mano por mi rostro, acomodando mi cabello detrás de mi oreja.
Después de
tomar un cálido té preparado por ella igualmente probé la mermelada de tomate.
Ciertamente sabia deliciosa. Tenía un gusto agridulce que junto a los dulces
que preparo, eran la mezcla perfecta.
Subí a
mi antiguo cuarto. Todo estaba tan cual
lo deje luego de que me fuera a vivir a la gran ciudad. Reneé vivía en una
modesta casa a kilómetros de la gran ciudad. Era todo muy rural por este
sector. Salí de está para pasar a la de Reneé. Tenía aquel olor indescriptible
que cubría a mi madre. Todos estaban pulcramente ordenado y aunque no tenía
muchas cosas en él, se veía bien.
Me senté en
la cama, pase mi mano por las gastadas y viejas colchas. Lentamente me fui
recostando en ella hasta quedar completamente acostada en la cama en forma de
feto. Amaba ese olor.
Cerré mis
ojos llenándome de él. Siempre que venía trataba de hallar su aroma pero era
sencillamente imposible. Los cálidos brazos de mi madre me arroparon por
detrás. Comenzó a jugar con mi cabello dándome cortos besos en mi cien.
- Sabes que
adoro tenerte aquí. Pero tú y yo sabemos que no estás aquí solo para probar mis
nuevas mermeladas ¿o si cariño?
Reí. – Si –
dije con la voz casi apagada. Un nudo se armo en mi garganta impidiéndome hablar.
Una lágrima broto de mi ojo cayendo lentamente por mi rostro. Me aferre
fuertemente a los brazos de ella.
- ¿Tú crees
que yo soy mala? – pregunte perdida.
Renée
continúo jugando con mi cabello, trazando círculos por mi cabeza.
- ¿De nuevo
atormentada por el recuerdo de tu abuela? – me giro quedado frente a frente.
Sus ojos me
escudriñaron minuciosamente, sin perderse ningún detalle. Me sentía desnuda, transparente,
abierta cuando Renée me miraba de esa manera.
Suspire
pesadamente. - ¿Crees que ella tenía razón? Yo… no lo sé… me siento tan…
perdida mamá. ¿Crees que lo que hago está mal? ¿Desear algo tan férreamente?
Paso su mano
por mi rostro delicadamente. – Cariño… no creo que lo que quieras está mal… es
más bien, la manera en la que lo llevas a cabo.
– le tomo un momento escoger lo que me iba a decir.
- Eres
hermosa – dijo mirándome directo a los ojos, pero su mirada se oscureció - tan
hermosa que a veces me das… miedo. Siento que nada puede saciarte y eso es lo
que te ciega.
Volví a sus
brazos para sentir de nuevo un poco de calma.
- Hay veces
en las que siento que caigo en un bache profundo y oscuro…
- Bella…
- No. Mamá
no puedo. Siento que todo me asfixia.
- Hija,
nunca dejes de luchar por lo que quieres. Sólo tienes que encontrar una mejor
manera de obtenerlo – volvió a girarme para encontrarse con mi mirada
clavándose en ella. – Siempre recuerda que pase lo que pase, estaré siempre a
tu lado.
Me dio un
fuerte abrazo, entregándome toda su energía y amor… y al igual que siempre cada
vez que la sentía así de cerca podía escuchar en mi cabeza el fuerte llanto del
bebé.
Cerré mis
ojos y comencé a llorar. El recuerdo del llanto profundo del bebé junto con el
mío se mezclaban creando una escalofriante tonada.
Renée seco
mis lagrimas con sus dedos.
- Todavía
siento su llanto perturbándome mamá.
- Ya pasara
cariño, ya pasara.
- Hay veces
en las que pienso como seria si… me hubiese quedado con ella.
Mamá negó
con la cabeza.
- No te
atormentes con los “si hubiera sido”
hija. Ya tomaste una decisión. No
mires atrás.
- Es sólo
que… mamá… no sé por qué siento que todo vuelve a mí de nuevo. Llevo días
soñando con la misma sala del hospital, con la parpadeante luz, con su llanto.
¿Tú… la recuerdas?
- ¿Por qué
me preguntas esto ahora, Bella?
Me senté en
la cama, abrazando mis piernas.
- No lo sé.
Quizás no he cerrado ese capítulo en mi vida. Creí que lo había hecho pero no.
Todavía siento como si me faltara algo.
Reneé perdió
su mirada en el vacio de la habitación.
- No sé si
revolver en el pasado te haga bien hija pero… si. La recuerdo.
Mi mente se
dejo llevar por aquel recuerdo que pesaba en el fondo de mí. El olor a alcohol
llenaba mi nariz. El miedo. El dolor. Un agudo dolor que me partía en dos. Y de
pronto sentí su llanto y el vacio que se instalo en mí.
- ¿Cómo…
era? – dije sin pensarlo. La pregunta que tanto había estado callando brotó por
si sola quemando mis labios.
Renée pasó
su mano por su cabello, nerviosa. Y de repente sonrió.
- Era
hermosa. Era simplemente… bella. – Su mirada se cruzo con la mía. – Pasé tanto
tiempo esperando que me preguntaras por ella. Ya me había resignado a que nunca
lo harías.
Y así fue.
Me condené a no saber nada de ella. No se
puede extrañar algo que nunca conociste. Ese era mi mantra. Cada día me lo
repetía. Después de tener al bebé no quise saber nada respecto a ella. Nunca.
Hasta ahora.
Tomo de mi
mano y comprendió la pregunta que en silencio mis ojos le formularon. – Tenía
un suave y casi inexistente cabello. Sus ojos eran idénticos a los tuyos. Es
más, podía apostar a que era idéntica a ti…
- Detente.
Tienes razón esto no nos llevara a ninguna parte.
Me levante
rápidamente de la cama dirigiéndome hasta las escaleras. Tome mis cosas
velozmente. Tenía que salir de aquí o si no me ahogaría en el pasado.
Esa era mi
condena.
- ¡Bella!
¡Hija, espera! – grito Renée mientras bajaba.
- Lo siento
mamá me tengo que ir. Luego te llamo. Te quiero.
Un fuego
ardiente comenzó a quemarme. Sentía que me asfixiaba. Corrí por la lluvia dejando
que está se mezclará con las lágrimas que salían de mí.
Di un fuerte
grito, desde lo más profundo de mí. - ¡¿Por qué?!
Odiaba a
todo y a todos. Pero especialmente me odiaba a mí.

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