CRUELITY
(Crueldad)
Todo hombre alimenta
un secreto sueño, que no es la bondad ni el amor, sino un desenfrenado deseo de
placer y egoísmo.
¡Mierda!, ¡mierda, y más ¡mierda!
¿Por qué
tenía que pasarme esto a mí? mire con el ceño fruncido la mancha de semen en mi
falda ¿Algo más, señor? ¿No sé, tal vez
qué me parta un rayo? La estúpida mancha blanca relucía por sobre el
dobladillo de esta. ¡Mierda! Con mucho cuidado entre de nuevo al bar para no
ser vista por nadie y corrí hacia el fondo de la bodega a un lado de donde
dejábamos nuestras cosas.
- Mmmh,
siii, justo ahí. – escuche los gemidos de una chica en medio de la habitación.
Sorpresa la
que me lleve al ver a Jane entre las piernas de Renata ¡zorra!
Carraspeé mi
garganta para hacerles saber que me encontraba ahí. – Creo que el juego termino
chicas – dije palmeando la espalda de Jane.
- ¡Bella!
- La misma
de siempre, Henderson – dije levantando mis cejas – y ahora si no te importa
Renata, tengo cosas que aclarar con Jane – le dije tirándola hacia fuera de la
habitación cerrándole la puerta en la cara.
Jane y yo
nos vimos a la cara y no paramos de reír –Ok, oficialmente necesito una hora
con el psicólogo para superar lo que vi.
Y necesito tu ayuda Henderson – mire hacia donde se encontraba la
asquerosa mancha.
- ¡Woow y
doble Woow! Si serás perra Swan ¿Cómo llego eso ahí?
- En
resumidas cuentas: extraño, sexo, auto. Simple. ¿De casualidad no tendrás algo
que pueda usar? Porque créeme no está en mis planes que Emmett se entere de
esto.
Jane me
inspecciono de arriba abajo sin perderse un solo detalle. – Como dije ¡si serás
perra, Swan! Creo que por aquí tengo una falda que podría servirte aunque
pensándolo bien… - me dio la vuelta y dio una bofetada a mi trasero – Con ese
gran culo, nena, dudo que entres en mi faldita.
*
*
*
*
*
Sentí desde
lejos un molestoso ruido.
¡Ring, ring, ring!
La vibración
del celular retumbaba en mi cabeza, acabando con mi nula paciencia.
- ¡Diablos!
¡Si eres tu Henderson voy a patear tu culo hasta dejarlo más rojo que tu coño!
– grite por el teléfono.
- ¿Bella?
Soy yo Charlie, cariño.
Oh, oh. Creo
que metí la pata hasta el fondo, fondo. Mentalmente me regañe por eso, no me
gustaba cubrir a Charlie con mis palabrotas. Si es cierto su esposa era una
perra, no por eso él dejaba de ser una buena persona.
- Lo siento
Charlie pensé que eras otra persona y sabes que no reacciono bien a estas horas
de la mañana.
Él rio al
otro lado de la línea – Cariño son las dos de la tarde. Sue, yo y la familia te
estamos esperando para almorzar. ¿Se te olvido el cumpleaños de tu hermana?
Mierda. Eso
era un gran royo. Empezando porque tendría que verle la zarrapastrosa cara a mi
“madrastra querida”. Charlie se había vuelto a casar
después del desastroso matrimonio que tuvo con mi madre y claro está, después
de haberla encontrado como conejo en celo en nuestra sala.
- ¿Sam esta
de cumpleaños? – internamente conté los días. Pero ciertamente no sabía ni en qué
mes estaba. ¿Mayo? ¿Junio tal vez? Quién sabe. Sentía como todo me daba
vueltas. Lo último que recuerdo de anoche es que al salir del bar, Jane y yo
sacamos algunas botellas de la bodega y nos emborrachamos en mi departamento.
Sepa dios como llego Jane a su casa.
- Claro que
si, Bells. Hoy haremos un almuerzo en casa para celebrarlo. ¿Sue no te lo dijo?
Lo más
probable era que la perra de Sue no me lo había dicho, pero como me encontraba
en cierto coma etílico decidí dejarlo pasar.
- Lo siento
Charlie, creo que se me fue. He estado muy ocupada esto días. Mmmh creo que
luego pasare a ver a Sam
- Bella
sabes que pocas veces te pido algo pero quisiera que estuvieras con nosotros
hoy. Sam está muy entusiasmada de ver a su hermana mayor y he jugado todas mis
cartas para retrasar un poco la comida para que almuerces con nosotros cariño.
Por favor.
Rodee mis
ojos. Odiaba cuando Charlie me hablaba de esa manera.
- De seguro
tu esposa debe estar votando bilis por la boca al tener que retrasar su
almuerzo por mí. Está bien papá, iré. Dame unos treinta minutos y estaré allá.
- Gracias
cariño. Te veo en un rato más entonces.
Sam era la
hija del nuevo matrimonio de Charlie. A pesar de que en un principio me
desagradaba saber que tenía una media hermana, cuando volví de mi infierno
personal que fue mi vida junto a Carlisle, me encontré a una niña mucho más
agradable de lo que recordaba. Ella y yo congeniábamos bien, es más, más bien
que ella con Leah, la hija de Sue.
Leah era
igual de pedante y odiosa que su madre, quién al igual que Sue no me podía ni
ver en pintura. Cuando nació Sam, pensé que ella sería igual que su hermana.
Años después me di cuenta de mi error. Ella era una niña tímida, tranquila y sí,
algo tierna.
Si no fuera
por tener que soportar a Sue y a sus agrios comentarios cada vez que la
visitaba, ella y yo nos veríamos más seguido.
Entre a la
ducha sin muchas ganas, el agua corrió mi ya corrido maquillaje.
¡Cielos! Era
un desastre hecho mujer.
Una vez que
estuve algo más decente me moví en dirección a mi ropa. Al pasar vi en mi
pequeño armario el vestido negro. El primer vestido que Edward me regalo. Con
el cual había caído ante mí.
Llevaba días seduciéndolo, jugando con él. Pasaba
horas en la piscina de su casa, con diminutos bikinis y cuando lo veía venir me
daba la vuelta quedando de espalda, desabrochando la parte de arriba.
Amaba ver
como se ponía nervioso ante mis insinuaciones. Mi golpe final fue cuando, bajo
mis artimañas lo lleve a una tienda de ropa bajo la escusa de ayudarlo con
escoger algún regalo para Alice.
Me probé
varios vestidos, todos muy escotados y sexys. Con cada nueva prenda le mostraba
una nueva porción de mi cuerpo. Su mirada divagaba por todo mi cuerpo. Sus
sonrisas eran coquetas. Sabía que lo quería. Sabía que lo deseaba. Pero lo que
él no sabía era que yo sería su perdición.
En el fondo
de la tienda se hallaba un grandioso y exquisito vestido negro. Estaba trazado
con líneas azules que se enredaban con las negras. Me lo probé y me vi en el
reflejo del gran espejo de vestidor. El vestido acentuaba mis curvas, y mis
ojos, mis felinos ojos verdes brillaban por la excitación.
Las palabras
de mi abuela siempre me perseguían. Deseche todo tipo de pensamiento de ella.
Recordarla me inquietaba.
Continuando
con mi plan le pedí a Edward que me ayudara a sacar el vestido. Por el reflejo
vi como su mirada se perdía en mi trasero. Sus ojos al igual que los míos
brillaban. Cadenciosamente me di la vuelta, rozando mi aliento con el de él.
Olía a menta. Sus ojos miraban tortuosos mis labios. Di un sólo movimiento y él
estampo sus labios en mi boca. Su lengua entro lento y suave en ella. Queriendo
llevar todo a un nuevo nivel, deje caer el vestido quedando sólo con mi brasier
y tanga. Sus manos recorriendo todo mi cuerpo, sin dejar un mínimo espacio sin
arder.
Dimos a
parar hasta la pared. Abrí mis piernas y repte por él enganchando mis piernas a
sus caderas. Su polla crecía cada vez más deseando entrar en mí.
- Me vuelves
loco Bella, yo…
- Shhh, sólo
bésame.
Sus labios
viajaron desde el nacimiento de mis senos, pasando por mi cuello, llegando a mi
mandíbula, y finalizado en mis labios.
Todo me daba
vueltas, había fantaseado muchas veces con besarlo, pero ahora que lo tenía
asi, aquí, de esta manera era mil jodidas veces mejor.
Edward me
hacia querer más, siempre era asi con él. Nunca había deseado tanto a un hombre
como lo había deseado a él.
Quizás era
porque estaba casado, era alguien prohibido, o a lo mejor porque era rico, o
porque su cuerpo era una paleta que deseaba chupar lentamente.
O
simplemente la combinación mortal de todo esto.
Mis gemidos
salían sin querer de mí. Sus dedos se adentraron en mí. Calor, mucho calor
llego a mí. Quería que siguiera, que me abrasara con su calor, su deseo.
Rápidamente
me baje de sus brazos y tome mis cosas.
- Salgamos
de aquí.
Esa fue la
primera vez que tuvimos sexo, sexo rudo, sexo caliente. Me llevo a un motel
grandioso, ciertamente parecía más un hotel. Su fortuna me deslumbraba.
Lo
quería todo, todo de él.
Y en ese
momento no tuve duda alguna que no descansaría hasta que eso fuera asi.
Lo que más
recuerdo de ese lugar eran sus sabanas. Eran de un rojo carmín hechas de seda.
Suaves, muy suaves. Tan suaves que se refalaban por mi cuerpo. Me encanto ese
lugar. Eran cosas que jamás iba a olvidar. De eso ya habían pasado dos años.
En ningún
momento me detuve a pensar en ella. ¿Era yo una mala persona? Siempre, todas
las personas que me rodeaban se jactaban de eso. Pero
¿Realmente lo era? Cada
vez que pensaba en ello entraba en cierto transe. Yo solo quería lo mejor para mí.
¿Estaba acaso eso mal? ¿Desear al marido de mi amiga? ¿Querer lo que ella
tiene? ¡Diablos!
A veces
deseaba que todo fuera distinto. Desaparecer. Huir de toda aquella mierda que
me rodeaba, porque a pesar de que amaba a Edward, estar con él me destruía
lentamente, día a día.
Y de nuevo
miraba lo que me rodeaba. Cosas sin valor, siempre sumida en la pobreza. Y
todas mis metas y objetivos renacían desde el fondo de mí, envenenándome,
intoxicándome.
Yo tendría
todo por lo que he luchado. Eso y más, mucho más.



No hay comentarios:
Publicar un comentario