Beteado por
Aleja Rodríguez, Beta Fanfiction Twilight Hispanoamerica.
DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La historia solamente mía.
“In the shadows”
CALAMITY
(Calamidad)
Antes
de desear algo ardientemente, conviene comprobar la felicidad que le alcanza a
quien ya lo posee.
Era la
decimotercera vez que observaba mi teléfono. Como si al realizar este acto
mágicamente él se acordaría de mí y, simplemente se dignaría a marcar mi
condenado número.
Hubiera sido
sencillamente fácil que dijera que no podía. Dejar la invitación en una
respuesta nunca interpretada – o en mi caso más de una – creo que me hubiese
tranquilizado. Claro está: en ese momento me hubiera enfurecido, impacientado y
probablemente no hubiésemos tenido sexo en su auto.
Decidí
tranquilizarme. Tener un poco de paz mental. Pero era increíblemente difícil
teniendo su camisa en mi armario. Luego de callar a mi propio pepe grillo versión feminista, corrí
escaleras arriba a buscarla. Conscientemente la marqué con mi lápiz labial
rojo, para que él la dejara aquí; porque sólo Dios sabe lo que hubiese pasado
si esa camisa hubiese ido a parar a su
casa.
Mi madre, como
todo ser racional, desaprobaba esta relación. Creo que si al menos uno de mis
amigos lo supiera, también estarían en desacuerdo. No contárselo a ninguno de
ellos, de hecho a nadie -si se dejaba de lado a mi madre- era asfixiante,
matador, destructor. Pero aún así no podía alejarme de él. Sería una vil
mentirosa – más de lo que soy – si dijera que nunca pensé que esto sucedería.
Cuando la verdad fue, es y será que desde el primer momento en que lo vi supe
que seria mío o al menos algo así.
He perdido
la cuenta de la cantidad de veces que hemos terminado y vuelto. Creo que uno de
nuestros récords fue cuando
terminamos en la cena de día de gracias. Tenía como fiel propósito comenzar el
año sin mentiras, sin engaños, sin él.
Pero todo se fue a la borda en pocos segundos; en el momento en el que comenzó
a besarme supe que ya no había vuelta atrás, era un viaje sin retorno. En ese
mismo momento se terminaron de romper mis límites: cuando lo hicimos en su cama y no me detuve a pensar en que
era la casa de su familia. Una
familia en la cual no encajaba.
Me
encontraba en mi cama, envuelta en las sabanas y con su camisa entre mis brazos.
Lo sé, era patética ¿y qué? ¿Qué más daba? Quizás esta semana o mes sería con
lo único que tendría que conformarme.
Estaba tratando
de recordar la última vez en la que habíamos hecho el amor, imaginado sus manos bajando por mi
cuerpo, tocándome, excitándome. Pero al parecer el infierno no es tan grande y
mi condena seguía creciendo porque sentí mí celular sonar.
Inmediatamente
lo recogí y mire la pantalla, era él.
- ¡Amor!
Hasta que al fin te dignas a llamar, llevo toda la noche esperándote ¿Qué pasó
bebé?
- ¿Amor? –
preguntó una voz femenina que conocía muy bien. Juro que cuando sentí esa voz
todo lo que tenía en mi estomago subí hasta mi garganta dándome arcadas. -
¿Bella? ¿Por qué me dices amor?
Me tomó un
tiempo procesar eso. Si que había metido la pata bien profundo. ¿Qué le decía? Si Alice, escuchaste bien, dije amor porque
eso es lo que es Edward para mí: el amor de mi vida. No. Claro que no diría
eso. Soy demasiado cobarde.
- ¿Bella?
¿Sigues ahí?
- Sí. Lo
siento Alice me tomaste por sorpresa pensé que eras otra persona.
- ¿Otra
persona? – Se detuvo a pensarlo por un momento - ¿Conociste a alguien? ¡Oh por Dios! Bells no lo
puedo creer, tienes que decirme todo. ¿Quién es? ¿Es guapo? ¿Lo conozco? – y esa
última pregunta heló mi sangre. Si, quise decirle, lo conoces mejor de lo que
crees Alice.
- No. Es alguien
nuevo.
- Bueno no
suena como alguien “nuevo” si le
dices “amor” - dijo riendo – pero de algo estoy segura,
tienes que presentármelo a mí y a Edward. Creo que tengo la ocasión perfecta
para que lo traigas a la casa. Victoria esta de cumpleaños esta semana, vamos a
hacer un pequeño almuerzo familiar, ya sabes. Tú eres como de la familia y nos
encantaría tenerte allí, creo que será por la mañana pero si tienes algún
inconveniente…
- Alice – le
dije callándola a veces era realmente molestosa.
¿Molestosa? - preguntó
mi estúpida conciencia - ¿Qué es lo que
te molesta? ¿Qué quiera conocer a tu “nuevo” chico? O ¿Qué te haya llamado
familia? Porque eso es lo que eres para ella. Eres parte de su familia. Por no decir casi la
única.
Traté de
mirar un punto fijo en la pared blanca, concentrándome.
– Lo siento.
Sé que a veces soy muy impulsiva cariño. Pero no sabes lo feliz que me hace
enterarme de que hay alguien en tu corazoncito.
Con cada
palabra que salía de la boca de Alice, era como si alguien sentado a mi lado
pellizcara mis brazos, dejándolos totalmente rojos. Y de nuevo la camisa robó mi atención. Era
tan suya. Recordé cuando me había adueñado de ella.
Estábamos
aquí, en esta misma cama.
- No sabes cómo te he extrañado – fue la sorpresa
más grande que me llevé al abrir la puerta. Habíamos estado separados por
semanas. Tuvo que irse por un viaje familiar dejándome sola en este frio
departamento.
Sus manos subían y bajaban a una velocidad inmensa.
- ¿Bells? –
la voz de Alice me trajo de nuevo a la realidad, y la odie por eso.
- ¿Qué me
decías Alice?
Dio una
pequeña risita que me pareció realmente irritante – bueno de todo un poco. Pero
en resumen para preguntarte si sabias dónde está Edward – lo último que dijo
llamó mi atención.
- Dejó el
teléfono en el bolsillo de su chaqueta, como fuimos a comer y no lleve la mía
me prestó la suya dejándola con el teléfono y todo. – su comentario me irritó
más de que debería importarme. Eran un matrimonio, y eso es lo que hacen los
matrimonios. Cenar juntos, dormir juntos, estar juntos. Pero a quién diablos
engañaba, me molestaba, me mataba saber que él seguía su vida normalmente.
- En su
agenda salió un mensaje con tu número y pensé que tal vez se habían juntado o
no sé quizás sabrías dónde está. Es tarde y me preocupa.
¿Tarde? Mire al reloj rojo que se encontraba
colgado en la pared. 00:15 para ser exactos.
- No lo sé.
No lo he visto en semanas Alice – en parte era verdad “en parte.”
Dio un
profundo respiro. – Si sabes algo por favor me dices. Él no es así. Bueno, te
dejo para que descanses, cuídate. Te quiero Bells.
- Sí,
seguro. Nos vemos Alice. – Dije, y le corté. En ocasiones me dolía ser fría con
ella, pero eso era mejor que ser cínica ¿no?
Resignada
bajé por algo para beber. Al llegar a la estrecha cocina me maldije al ver mi
refrigerador completamente vacío. No había ido a trabajar al bar en al menos
nueve días, y me estaba pasando la cuenta. Intente abrir la llave pero al igual
que todo lo que está en mi vida – dañado – no quiso abrirse. Tire de él molesta
pero fue inútil. ¡Maldito departamento!
No sabía qué
hacer. Quizás lo mejor sería ir a dormir, descansar y asi mañana tener fuerzas
para ir al endemoniado bar de Emmett. Si había algo que odiara más, era ser mesera
en ese estúpido bar. Realmente no sabía hacer otra cosa. Cuando termine la
secundaria, Carlisle, mi novio diez años mayor que yo, me sedujo llevándome con
él apenas cumplí los dieciocho. Que arrepentida estoy en este momento: fui una
ilusa, como siempre.
Al principio
todo fue como un cuento de hadas. Éramos sólo él y yo, y el cacharro de su
auto. Vivimos en ese estrepitoso auto hasta que las cosas empezaron a empeorar.
Estaba irritable, odioso. Queríamos cosas distintas en la vida, razón por la
cual nos separamos. No fue una ruptura limpia: al decirle que ya no lo amaba,
que quería volver a mi casa porque me tenía enferma comer todos los días comida
enlatada, orinar en baños públicos y ducharme en moteles baratos. No era una
vida lujosa, de hecho apestaba.
Ahora que ha
pasado el tiempo puedo ver que ciertamente nunca lo amé. Sólo quería a alguien
que me sacara de casa de Charlie y “su
perfecta familia.” Mi madrastra me
odiaba, sinceramente yo también. Y vivir con mi madre y su “marido” que le gustaba espiarme en las noches tampoco era muy
tentador. Simplemente tomé la salida fácil y, es ahora cuando me doy cuenta de que
esa fue una de las peores decisiones de mi vida, sólo una de millones.
En resumidas
cuentas tuve que llamar a mi madre para que me fuera a buscar en medio de la
noche a un motel barato en el que me abandonó Carlisle. Jamás pensé que iría a
llegar, sin embargo lo hizo.
Desde ahí mi
vida no ha sido color de rosa ¿pero quién tiene una vida perfecta? Alice susurró mi metiche conciencia.
Alice, en cierta parte era cierto. Aunque nunca lo admitiera, sentí celos la
primera vez que la volví a ver. Habían pasado seis años desde que habíamos
salido de la preparatoria, a diferencia de mi, Alice había hecho su vida como
toda una mujer madura. Fue a la universidad, estudió la carrera que yo quería,
conoció y se casó con un hombre de ensueño que yo soñaba, y estaba rodeada de
personas que la amaban como yo quería que me amaran.
Camine casi
desnuda sólo con la camisa de Edward puesta, por el estrecho departamento. Quizás Alice tiene todo eso – pensé
- pero
yo lo tengo a él. Dije con odio.
¿Segura? Porque por lo que sé es con Alice con quién
está casado, refunfuño
mi mente.
Decidí
ignorar olímpicamente a mi conciencia tratando de llamar a Emmett para decirle
que iría mañana a trabajar, pero al igual que mi refrigerador mi teléfono
estaba vacío: sin saldo para llamar. Reí irónicamente. Deseaba a alguien que me
sacara de estar mierda de vida que llevaba, que me diera la vida que yo merecía y principalmente que me amara sin medidas. Sé que con Edward
puedo tener todo eso y más. Sólo hay una diminuta persona que se interponía en
mi camino. Alice, pensé.
Sentí la
cerradura moverse, abriéndose. Saqué a mi perra interior sólo para fastidiarlo.
- Pensé que habías dicho que vendrías temprano – lo miré
con todo el odio que pude encontrar para que de esa manera se sintiera
culpable. – Pude haber gastado todo ese maldito tiempo que me tuviste esperando
como estúpida en algo mucho más provechoso. Pero claro como el señor
tiene cosas más importantes en su agenda ¿quién soy yo para quitarle el
tiempo? ¿No?
Me miró,
tanteando el terreno. Mentalmente me reí, él creía conocerme pero la verdad era
que nadie lo hacía.
- Isabella –
dijo. Su voz sonó baja, calmada. – Tuve un inconveniente que resol…
-
¿Inconveniente? – Contraataqué - ¿un inconveniente? ¿Cómo salir a cenar con
Alice? ¿A eso le llamas un inconveniente? Pues bien yo también podría tener ese
¡TIPO DE INCONVENIENTE!
- No es eso,
Bells…. - miré a mi alrededor y encontré mi objetivo perfecto. Un vaso en la
mesa.
Tire el vaso
justo donde quería que llegara. – ¡NO ME MIENTAS! ¡Sabes que odio que me
mientan! – Le grité.
- Amor,
cálmate - dijo con las manos estiradas en mi dirección – Es cierto, tuve que
salir con Alice, era una cena de la empresa. No pude decir que no.
- Al menos
me hubieras llamado. No pude ir a trabajar por estar esperándote ¡A TI! e
incluso cocine ¡para ti! – mentí. –
Gastando el último dinero que me queda – dije lastimosamente.
Camine
haciendo pucheros hasta llegar a él abrazándolo, comencé llorar teatralmente y
escuché lo que necesitaba.
- Tranquila
– dijo pasando su mano por mi cabello – Bebé, sabes que yo puedo ayudarte con
eso. Sólo tienes que decirme cuanto necesitas.
Repartí
cortos besos por todo su pecho – no quiero ser una carga para ti – mentí de
nuevo.
- Jamás
serás una carga, nena – levantó mi rostro y me besó. Amaba que me besara de esa
manera: lentamente, rosando sus labios con los míos; dándoles tiempo, pasión,
amor.
Hipé e hice
sonar mi nariz como calmando mi llanto – Te amo.
- Yo también
Amor.
Amaba
manipular a las personas, especialmente a Edward. Perra gritó mi pepe grillo
personal, si, una perra pero con dinero,
le grité yo.
Decidí
entretenerlo en mi departamento por toda la noche, quizás así Alice empezaría a
sospechar y todo sería más fácil. Como sumar dos más dos.
Tomé su mano
y lo llevé a mi cuarto. Reímos cuando, por estar viendo como desabrochaba su
camisa tropezó casi cayendo.
- La conozco
– dijo apuntando a la camisa, me dio esa sonrisa que tanto me enloquecía, lo
amaba.
- Ahora me
pertenece, aunque creo que hace calor aquí. Lo mejor será sacármela ¿no crees?
– corrí hacia mi cuarto sintiendo sus pasos.
Me tomó por
la cintura, quedando detrás de mí. Sus manos recorrieron lentamente mi cuerpo,
dejando cada parte tocada por ella. Ladeé mi cuello para que tuviera más acceso
y su boca tomó prisión de ella.
Bajó hasta
llegar a mis senos. Sus dedos jugaron con mis pezones – Mmmh –gimió.
Su lengua
recorrió mi cuello. Sus manos siguieron bajando hasta llegar a mi área más
sensible, de nuevo sus dedos jugaron con mi entrada causando una risita tonta.
Metió sus dedos en mi vagina. Se sentía bien, demasiado bien.
- Más rápido
– dije besándolo. Mordí sus labios, metiendo mi legua más adentro.
- Bebé… por
favor… Mmmh – me tiró en la cama, abriendo fugazmente mis piernas. Sentí el
cálido aliento en mi sensible coño. Su lengua abrió paso sobre mis pliegues
entrando en mí. Lamió de arriba abajo por mi botón especial. Se sentía rico.
Metió un dedo, girándolo, matándome. Su lengua hacia círculos deliciosos.
- Bebé… -
Edward dio una risita levantándose y mirándome. Amaba esa mirada, llena de
lujuria y pasión.
- ¿Me amas?
– preguntó volviendo abajo pero siempre atento a mi respuesta.
- Con mi
vida – volvió a darme su sensual sonrisa, lamiendo más rápido, sacando y metiendo
su lengua.
Llegar fue
enloquecedor, tenía mi boca seca y quería más. Recuperando un poco el aliento,
tiré de Edward quedado yo arriba de él. Jugué con su polla, manoseándola,
masturbándolo. Estaba caliente, gruesa, grande. Como todo en él, la amaba.
Le di una
fugaz lengüeteada y la metí en mi coño mojado. Fue brusco y rico. Comencé a
moverme lentamente sobre él. Edward jugaba con mis senos, masajeándolos e
introduciéndolos en su boca. Chupó y mordió a su antojo. Quería que llegara
rápido pero que disfrutara. Me acerqué a su cuello, chupándolo.
- Bella –
dijo reprimiéndome. Edward sabía lo que quería hacer. – Sabes que no puedo
tener un chupón, nena.
Mordí el
lóbulo de su oreja en respuesta. Nunca me había dejado hacerle uno. Sus manos
subían y bajaban por mí espalada llegando hasta mi trasero, masajeándolo.
- Bebé… -
sentía el calor en mis mejillas y nuestras respiraciones erráticas.
Quería todo,
absolutamente todo de él. ¡Cuanto lo amaba!
- Prométeme
que soy la única en tu corazón.
- Bella…
- ¡Prométemelo!
– dije clavando mis ojos en los de él. Teníamos un cierto parecido en el color.
Los dos eran verde esmeralda, aunque los de él eran mucho más brillantes y
encantadores.
- Te lo
prometo Amor. Eres la única en mi corazón.
Junto
nuestros labios y lo sentí. Yo llegue primero y luego él. Fue abrasador,
quemante. Me faltaba el aire. Poco a poco nuestro ritmo fue bajando hasta
quedar en completa tranquilidad. Allí, con él dentro de mí, en mi cama. Fueron
sólo segundos, sin embargo, para mí fue eterno. Tenerlo de esa manera justo
aquí era todo lo que necesitaba. Me sentía ganadora. De nuevo le había ganado a
ella.
Pero como
cual bola mágica al caer, se quebró el momento.
Salió de mí,
recostándose a mi lado. Lo abrace cómo si la vida se me fuera en ello.
- No quiero
que te vayas. Quédate. – Le pedí.
- Sabes que
no puedo Amor – sus dedos vagaban por mi espalda desnuda.
Al cabo de
un rato me cubrió con las sabanas y esperó a que me quedara dormida, o eso
creía él.
Salió
silenciosamente con sus ropas hacia la sala vistiéndose. Sentí como cerró la
puerta y una delgada lágrima salió de mi ojo bajando por mi rostro. Abracé
febrilmente mi almohada que todavía tenía su olor. Muy pronto salieron las
demás y sin darme cuenta me quedé dormida llorando y aferrándome a la
almohada.

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